Paola sonrió a la cliente y recibió otra sonrisa como respuesta. Hizo pasar sus últimos productos por el lector de códigos: tres docenas de huevos, cuatro paquetes de papel higiénico, siete latas de atún y goma de mascar.
«El coronavirus tiene a todos nerviosos –resonaron en su cabeza las palabras del administrador de Recursos Humanos tras la llegada de la pandemia al país–; sonrían, sean amables. Transmitamos paz. No son doctores, pero están en contacto continuo con la gente, tienen un gran impacto en la moral».
Paola sonrió y le informó a la cliente el monto que debía pagar. Cuando la mujer abandonó la caja, el siguiente cliente se acercó, manteniendo una distancia prudencial.
«Tenemos tapabocas, ni siquiera lo verán», alguien se burló por lo bajo en la reunión.
El comentario despertó algunas risas, y el administrador no lo pasó por alto. «La sonrisa genuina se ve en los ojos —refutó, sin perder la seriedad que el tema ameritaba—. Háganlo y verán la diferencia».
Paola sonrió al cliente y recibió otra sonrisa como respuesta. En efecto, ella veía la diferencia: veía más sonrisas, aún en medio de aquella incertidumbre.
Siempre supo las reglas de atención al cliente –aspecto impoluto, ser amable y sonreír—, pero con el tiempo terminó por envolverse en una mecanicidad fría e indiferente. Siempre sonrió, pero no de aquella manera cálida cuyos resultados la asombraban ahora.
Más productos pasaron: Alcohol en gel y tapabocas, de los pocos que quedaban, y dos latas de leche en polvo. Finalmente, despachó a uno de los últimos clientes y pudo tomarse un respiro.
Encontró la mirada de su compañera de trabajo, quien le sonrió de regreso. En ese momento decidió que apenas pudiera le diría lo que estaba pensando: Cuando todo aquello terminara, no dejaría de sonreír a todo el mundo, y sonreiría como si siguiera llevando un tapabocas: con los ojos también.
Tal vez sonreír fuera la siguiente pandemia.