Chaika

Cuarenta y ocho vueltas son suficientes para ver estrellas; el 19 de junio de 1963, Valentina Tereshkova caía del cielo.

Su descenso fue abruptamente acondicionado por el abrir de su paracaídas; muy cerca, la cápsula espacial siguió entregada a la gravedad. Cuando la gaviota rusa tocó tierra, llegó como la primera mujer en visitar el espacio exterior, habiendo hecho historia.

Mientras tambaleaba por las náuseas y su sonrisa de orgullo tiraba a muecas, entre vítores, los encargados de la misión y los periodistas corrieron a su encuentro. Sus palabras terminarían en los titulares, sin lugar a dudas. «Un pequeño paso para la mujer, un gran salto para el feminismo», pensó. Era una buena frase, ¿debería decirla? Tal vez no.

Lo que hizo tenía voz propia.

Datos biográficos: National Geographic

El tapabocas

Paola sonrió a la cliente y recibió otra sonrisa como respuesta. Hizo pasar sus últimos productos por el lector de códigos: tres docenas de huevos, cuatro paquetes de papel higiénico, siete latas de atún y goma de mascar.

«El coronavirus tiene a todos nerviosos –resonaron en su cabeza las palabras del administrador de Recursos Humanos tras la llegada de la pandemia al país–; sonrían, sean amables. Transmitamos paz. No son doctores, pero están en contacto continuo con la gente, tienen un gran impacto en la moral».

Paola sonrió y le informó a la cliente el monto que debía pagar. Cuando la mujer abandonó la caja, el siguiente cliente se acercó, manteniendo una distancia prudencial.

«Tenemos tapabocas, ni siquiera lo verán», alguien se burló por lo bajo en la reunión.

El comentario despertó algunas risas, y el administrador no lo pasó por alto. «La sonrisa genuina se ve en los ojos —refutó, sin perder la seriedad que el tema ameritaba—. Háganlo y verán la diferencia».

Paola sonrió al cliente y recibió otra sonrisa como respuesta. En efecto, ella veía la diferencia: veía más sonrisas, aún en medio de aquella incertidumbre.

Siempre supo las reglas de atención al cliente –aspecto impoluto, ser amable y sonreír—, pero con el tiempo terminó por envolverse en una mecanicidad fría e indiferente. Siempre sonrió, pero no de aquella manera cálida cuyos resultados la asombraban ahora.

Más productos pasaron: Alcohol en gel y tapabocas, de los pocos que quedaban, y dos latas de leche en polvo. Finalmente, despachó a uno de los últimos clientes y pudo tomarse un respiro.

Encontró la mirada de su compañera de trabajo, quien le sonrió de regreso. En ese momento decidió que apenas pudiera le diría lo que estaba pensando: Cuando todo aquello terminara, no dejaría de sonreír a todo el mundo, y sonreiría como si siguiera llevando un tapabocas: con los ojos también.

Tal vez sonreír fuera la siguiente pandemia.

Arte

Aquí en la oscuridad,
aún con ojos cegados,
con trazos verde París,
pintaré algunos cuadros.

Pintaré sobre el vacío,
el vacío en mi corazón.
Mi alma será el lienzo;
mis trazos sin ton ni son.

Humedeceré mis dedos
llevándolos a mi lengua;
habré tomado un libro
y así pasaré la página.

Terminará un capítulo
del libro que es mi historia,
y ahogado será en azufre
lo que queda, mi memoria.

Y, como último acto,
cantaré una canción
en mi lecho escarlata,
do yace mi corazón.

Será una oda melodiosa;
lejos, llevada por el viento.
El cantar de esta ave herida
acabará con su último aliento.

Habré pintado con los dedos,
sí, me habré ensuciado;
es por eso que mi final
por el fuego será marcado.

Esta noche pintaré cuadros
con trazos verde París.
Cielo, antes de que lo haga,
por favor, dame otro matiz.


§°*§*°§


Parte del poemario Versos de hueso.

© Todos los derechos reservados.

El susurro de sus alas


Hay belleza en la muerte,
confesé aquella noche.
Los pétalos temblaron
de confianza en derroche.

Me acarició en la senda
un suspiro cual brisa,
trazó mis cicatrices
avanzando sin prisa.

Dilató mis pupilas
su mirar, zarza ardiente.
Sonrió cual medialuna
de esperanza bullente.

Y entonces me lo dijo,
de susurros ceñida:
si hay belleza en la muerte,
también lo hay en la vida.

Aguas turbias

¿Cómo te olvido, si,
oh, corriente continua,
acariciabas las costas
y a todo dabas vida?

Dispersabas al sol
en trazos de color.
Tu calma convertía
en murmullo el fragor.

Pero eso ha cambiado:
tu lecho invisible es,
tus aguas se mancharon,
ya seco está el ciprés.

Azotada por crueles vientos,
tus olas quiebran mi barca.
En la superficie, mi vista,
toda la madera abarca.

Tu lecho me encadena;
tus aguas, mudo testigo;
este peso me arrastra
al fondo; oh, mi castigo.

No sé cómo secarme.
La crecida ha pasado
pero los recuerdos no,
ellos se han quedado.

Has sido diluida pero
en mí sigues mellando,
y cada gota que cae
esta roca va horadando.

¿Por qué este dique?
¿No disfrutabas mi canto?
Ahora solo me queda
boyar en mi propio llanto.

Lo sé, es agua pasada,
por más sucia que esté.
Pero es difícil olvidarlo:
Mi corazón yo te entregué.


§°*§*°§


Parte del poemario Versos de hueso.

© Todos los derechos reservados.